Dice que su misión es que la literatura circule. Fue gestor cultural y deportivo, pero ahora, como pensionado, su principal actividad es la lectura. También hace reseñas y antologías en las que digitaliza fragmentos literarios que luego comparte con sus amigos.
Tiene cuatro opciones de epitafio que escribió hace poco más de diez años. Entre estas hay dos casi biográficas, una que dice: “Aquí yace Álvaro Noreña Jiménez, cuya infancia fue de aventura, su adultez de literatura y su vejez de caricatura”; y otra que recorre los lugares que marcan su vida: “Cuando hagan mi autopsia encontrarán a Sevilla, la del Valle del Cauca; a Caldas, Antioquia, cielo roto; a Fredonia, Antioquia, la tierra de la libertad; y a Sabaneta, el Japón antioqueño”.
Álvaro tiene 71 años, una barba que ya pasa de gris a blanca, un metro con 86 centímetros de altura y una colección de libros leídos que no está reunida en su biblioteca personal ni en ninguna otra. No es amigo de la propiedad sobre los libros y, en cambio, promueve su circulación libre. En su casa, en Sabaneta, donde vive con su esposa, apenas un par de muebles sostienen unos pocos libros que tienen algún valor sentimental para él, por ejemplo, por estar firmados o tener dedicatorias.
Al preguntarle a qué se dedica responde corto: “A leer”. Cada 15 días presta entre cinco y diez libros en la Biblioteca Pública Piloto, pero antes de regresarlos o de regalar los que le han pertenecido en algún momento, toma de ellos lo que más le llama la atención y lo agrega a su colección, que no es física; varias carpetas de su computador contienen los archivos de Word donde escribe sus antologías. En el mensaje del correo en el que comparte algunos de estos textos para esta historia, explica: “Estos escritos los hago por lúdica. Espero que sean de gran ayuda o te confundan más”.
Hoy vive de una pensión que considera modesta, pero suficiente. Lee en las mañanas y en las noches; el resto del día, si no tiene ningún compromiso distinto, lo dedica a pescar fragmentos literarios en internet, a digitalizar los que no encuentra o a escribir historias de su vida armado de unas gafas de lente grueso y medio marco rojo.
Antes de esta vida de pensionado se dedicó, sobre todo, a ser promotor de lectura y gestor cultural y deportivo. Resume su historia mientras se toma un tinto en una cafetería del parque de Sabaneta un sábado de diciembre de 2025. Hace calor, por lo que pronto cambia el tinto por cerveza. Cuenta que nació en Sevilla, pero nunca se identificó como valluno, y que quizás por ser de esa frontera de la colonización antioqueña se sintió llamado a buscar “horizontes” en Medellín.
Una crónica suya titulada “Itinerancia fabril y febril” complementa el relato: “Yo renuncié por caprichos juveniles a terminar los estudios secundarios. De lógica, tampoco realicé los universitarios. Luego me fui de la casa paterna, dejando el departamento del Valle del Cauca y terminé en la ciudad de la eterna primavera, Medellín”. Unos primos le ayudaron a conseguir trabajo en una gasolinera en Caldas, municipio donde conoció a Blanca Margarita, su futura esposa y madre de sus dos hijos.
En ese momento ya leía. Aunque no le gustaba hacer informes de lectura en el colegio y sentía que estos le mataban las ganas de leer, los “clásicos” lo fueron enganchando. Además, desde su juventud llevó una vida más o menos bohemia que lo acercó a varios círculos culturales, primero en Sevilla, luego en Caldas y más adelante en Fredonia.

Casi toda una vida de lectura le ha dejado los retazos que recoge en las “Pescas literarias”, como llama a las antologías donde ejerce su “literatura de notaría”, es decir, la práctica de reseñar autores y textos que le gustan. “A los libros buenos hay que hacerles reseñas”, dice Álvaro. Es una práctica que adoptó en los últimos años.
Ya tiene tres tomos en los que se refiere a sí mismo como “arqueólogo de las palabras”. El tomo I, de 106 páginas, recoge fragmentos de casi 40 autoras y autores, desde clásicos universales como José Saramago, Octavio Paz, Marina Colasanti, Víctor Hugo o León Tolstoi hasta colombianos como Efe Gómez, Marco Tulio Aguilera, Naudín Gracián, León de Greiff o Darío Jaramillo Agudelo.
La introducción de Álvaro explica que esta primera antología fue escrita en el 2020, en plena pandemia, y que está dedicada a su hijo, Álvaro Andrés Noreña, que fue asesinado el 8 de marzo de 2009, cuando tenía 31 años, en medio de un hurto cuando practicaba deporte cerca de la laguna Tominé, en Cundinamarca. En el cierre de esa presentación, Álvaro cita al nobel francés Jean-Marie Gustave Le Clézio: “En el fondo, uno escribe para llegar al fondo de sí mismo”. Quizás por eso Álvaro Andrés está presente en muchas de las crónicas y antologías que escribe su padre, como una forma de duelo y homenaje.
Al final de cada texto recoge algunas respuestas que recibe de los amigos a quienes se los envió, porque cada vez que termina estos trabajos que mezclan crónicas y reseñas los reparte por correo o por WhatsApp. “La misión mía es difundir”, dice.
Libros libres
Creció durante los efervescentes años 60 y 70, admiró la figura del Che Guevara y, pese a no haber ido a ninguna universidad, apoyó las luchas de los universitarios y de otros movimientos sociales. “Hoy, más que nada, me considero casi que un anarquista”, resume. Esa forma de ver el mundo, así como haberse mudado varias veces entre Caldas y Fredonia moldearon cómo entiende los libros: “Pesan mucho cuando uno se trastea y no cumplen ninguna función social. Como el dinero, lo importante es que circulen; mientras están en un anaquel, haga de cuenta que están en un osario, vuelven a vivir cuando alguien los coge y los lee, por muy viejos que sean”.
Por eso valora colecciones gratuitas como Palabras Rodantes, del Metro de Medellín; Un libro por centavos, compilaciones de poesía de la Universidad Externado; o las antologías de cuentos de la línea editorial Confiar, que llegó en 2025 a los veinte títulos publicados. “¡Esto es una belleza!”, dice mientras saca de su mochila arhuaca el minicuento “En el desierto no hay atascos”. Cada que se emociona con un libro, un autor o una historia, repite esa expresión: “¡Esto es una belleza!”
Marco Mejía es el coordinador de la línea editorial Confiar desde el 2015, cuando recibió la labor que venía haciendo el escritor y caricaturista Elkin Obregón desde la primera selección, publicada en 2003. Para él, la apuesta de Confiar no se trata solo de distribuir libros gratuitos —más de un millón trescientos mil ejemplares en poco más de 20 años—, sino de “posibilitar el pensamiento crítico, generar la alegría de leer y compartir la lectura como un ritual delicioso”. Además, lo hace con temáticas afines a los valores de la cooperativa, como la solidaridad, que ha sido explorada desde las primeras selecciones, o la justicia, que es el tema de la próxima edición.
“Hace poco nos decían en la corporación Otraparte que estos libros no son gratuitos: ‘Ustedes hacen es libros libres porque circulan, van de mano en mano’”, cuenta Marco.
Después de los cuentos empezaron a publicar los minicuentos, “un formato muy universal que cabe en la mano y propicia la lectura infantil, popular y masiva”, y luego cuadernillos sobre personajes como Carlos Gaviria Díaz, Alberto Aguirre y ‘Pepe’ Mujica, además de otras publicaciones especiales como los dos libros de crónicas de la escritora y gestora cultural Aura López: Mujer y tiempo y La Escuela y la vida.
La escritora y magíster en educación Catalina Navas, autora de Correr la tierra, El movimiento en la crisálida y Camino de hielo, ha trabajado en los últimos años con Confiar haciendo mediación entre libros y públicos en clubes de lectura en Bogotá.
“Mi apuesta personal es que los lectores necesitamos desarrollar nuevas herramientas de lectura, porque las que tenemos usualmente vienen de la escuela, el colegio y la universidad, que nos entregan unas herramientas muy académicas para entender los textos, muy utilitarias”, dice Catalina. Por ejemplo en Mujeres que cuentan, una antología de cuentos contemporáneos escritos por mujeres, está “El guerrillero”, de Albalucía Ángel. Más allá del argumento del cuento, buscó desentrañar, junto a las personas participantes en los clubes, cuáles son las herramientas que usa la autora para despertar la angustia que provoca su narración. Se trata, según explica, de sacar a los lectores del acercamiento a la literatura que se reduce al me gusta o no me gusta.
Aunque varias antologías de Confiar se centran en cuentos de autores cuyos derechos son libres por que han pasado más de 80 años desde la publicación, Catalina valora que en casos como el de Mujeres que cuentan la línea editorial le haya apostado a pagarles a autoras vivas sus derechos de publicación. Considera que sería valioso que Confiar se implique más en la cadena del libro, por ejemplo, con encargos a autores contemporáneos para dinamizar su mercado laboral. Por eso Catalina destaca Libros al viento, que es una iniciativa de libros de libre circulación desde el Estado y que hace poco publicó Bogotá y Medellín contadas, en el que comisionó a autores de ambas ciudades para que escribieran sobre la otra ciudad.
Estas colecciones, dice Catalina, han permitido que muchas personas, en Bogotá, en Medellín o donde sea que lleguen, armen sus bibliotecas personales a partir de libros gratuitos y de calidad, que no persiguen las tendencias del mercado sino que tienen otras apuestas en las que, incluso, se permiten confrontar al lector.
Por su parte, Álvaro dice que esos libros le abren “las puertas más grandes del mundo”. Si va al odontólogo y se siente bien atendido, le pregunta si le gusta leer y le regala alguno de esos libros de distribución gratuita. También lo hace al revés, antes de ser atendido en un consultorio o en una oficina de impuestos regala el libro y, según dice, logra que la persona al otro lado de la ventanilla lo atienda con mejor actitud. “Lo más maravilloso es que uno descubre que casi todo eso también está en pdf, entonces yo bajo ese material y lo distribuyo”, cuenta.

La gran urdimbre
Después de sus primeros años en Caldas, Álvaro y Blanca Margarita se mudaron a Fredonia, donde ella montó una peluquería y él se embarcó en varias labores. Mientras sus hijos crecían en los años 80, él creó un club de atletismo, fue “contertulio” del escultor Rodrigo Arenas Betancourt, fundó junto a otros amigos la organización cultural Club de Música Fredonia y dirigió la Casa de la Cultura de ese municipio del Suroeste.
Al mismo tiempo y poco después, cuando regresó a Caldas, participó en varias producciones audiovisuales: como protagonista en “Cierra Ojos”, de Marco Mejía (1981), y como colaborador en “El cargador de hombres”, también de Mejía, protagonizado por Rodrigo Saldarriaga y Octavio Echeverri (1983). Ya desde los 90 colaboró con el realizador Oscar Mario Estrada en varios contenidos audiovisuales, como la miniserie “La Casa” (1998) y luego, en 2007 y 2008, como investigador para dos documentales de Estrada, uno sobre Efe Gómez y otro sobre Rafael Uribe Uribe.
En Caldas también tuvo un bar llamado El bodegón literario, hizo voluntariado en la cárcel donde hacía promoción de lectura con los presos, coordinó el área de desarrollo de cultural local de la Casa de la Cultura de Caldas y desde ahí promovió la lectura; quiso hacer un concurso literario, pero por recomendación de la escritora Aura López lo convirtió en un festival de lectura en las escuelas “porque todos eran ganadores”. Fundó y coordinó periódicos, escribió en revistas, en fin. Y en Sabaneta, donde vive desde la muerte de su hijo, ha hecho parte del consejo de cultura en representación del área de literatura.
Colecciona tareas y oficios como almacena canciones y videos sobre literatura y periodismo en YouTube —donde ha construido cientos de playlist— y como atesora en sus archivos de Word las narraciones que le resultan significativas.
Además de las “Pescas Literarias”, Álvaro tiene una antología de textos de escritores suicidas, otra sobre “poética gatuna”, la de epitafios, otra de historias de “libros que caminan” y una de poesía escrita por niños titulada “Chiquilladas”. Habla de cada una con emoción mientras se acomoda los lentes y brinca entre las carpetas donde tiene todo organizado con vocación de bibliotecario. En 2025 finalizó la “Pesca Literaria III”, unas 126 páginas que remata, como las demás, con una declaración de derechos de autor en la que dice que investiga, digitaliza, compila e ilustra “con fines educativos, de acopio, rescate de memoria histórica y de difusión cultural sin ánimo de lucro”, que rechaza cualquier publicación física de sus textos y que, respecto a las citas de otros autores, “ellos y ellas deben de agradecer al menos que no hayan caído en el olvido”.
A veces más, a veces menos, en su obra suele estar presente Álvaro Andrés, su hijo, porque “toda escritura es un duelo”, según cita al poeta Rogelio Echavarría en una Antología de poemas al hijo, que leyó con ocasión de su propia pérdida. Pero sus textos son sobre todo una especie de diario del asombro con el mundo y con la vida en el que dice con frecuencia, frente a lo que le llama la atención o lo deja extrañado, que “en la gran urdimbre y trama de la vida uno no sabe si es el que teje o es el tejido”.




