¿Héroes o villanos? Los medios de comunicación en el conflicto, según la Comisión de la Verdad

Aunque el informe final de la Comisión de la Verdad no se enfocó en el papel de periodistas y medios de comunicación, incluye afirmaciones que admiten mucha discusión sobre el papel de estos en la guerra. ¿Fueron armas de los violentos o escudos de las víctimas? Quizás ninguno de los dos. 


Las salas de redacción están llenas de historias que los periodistas cuentan en la confianza del compañerismo y el colegaje, pero que casi nunca están dispuestos a decir en voz alta por fuera de allí. Historias como las de llamadas de poderosos enojados con enfoques, como las presiones de dueños envueltos en líos de tierras para que no se hable de esos litigios, como las instrucciones de una directora que dijo que al paramilitarismo no se le llamaría más así, sino autodefensas; o como el escepticismo con el que editores en sillas bogotanas recibían los reportes de ‘falsos positivos’ enviados desde las regiones.

Cada uno de estos ejemplos es real, pero por distintas circunstancias sus protagonistas no las cuentan en voz alta, ni con nombres propios. Se citan aquí para ejemplificar las complejidades en las que se informó sobre la guerra, a propósito de las no menos complejas conclusiones de la Comisión de la Verdad en su informe final, capítulo de hallazgos y recomendaciones, sobre el papel que tuvieron el periodismo y los medios de comunicación en el conflicto armado colombiano.

¿Periodismo vs. medios de comunicación?


En el informe ‘Hay futuro si hay verdad’, la Comisión de la Verdad destaca el papel del periodismo en visibilizar y denunciar las masivas violaciones de derechos humanos, pero con matices. Con fórmulas como “algunos medios” y “en ocasiones”, y con precisiones como “el periodismo de investigación” en lugar del periodismo a secas, deja ver que según su análisis, no hubo un papel uniforme ni generalizado frente al conflicto. Y cuando habla de los medios de comunicación, es decir, de las empresas periodísticas, lo hace con menos matices. Así se ve en cómo los define en el numeral 10.13.3 del capítulo:

“La mayoría de ellos [los medios] de sectores de poder con intereses más particulares que comunes, han extendido muchas veces una noción amañada de la realidad, han ocultado otra parte y se han ensañado con otros sectores o poblaciones, produciendo una noción fragmentada e irreal del país”. 

No termina allí: “Por años, la narrativa de muchos medios se ha construido sobre la base de epítetos, más que sobre explicaciones exhaustivas”. Sin embargo, reconoce que “los medios que han procurado independencia e imparcialidad, que han formado a la ciudadanía con información objetiva y profunda, han estado sometidos a la presión de la financiación o han sido estigmatizados. Sus directores y periodistas han sido asesinados, como el caso de Guillermo Cano, director del periódico El Espectador”.

Para Juan Diego Restrepo, director del portal VerdadAbierta.com, es difícil mezclar en el análisis a las empresas con el ejercicio profesional, y esta definición resulta “inexacta y no contrastada”, en tanto no permite ver los cambios del rol de los medios durante el amplio periodo que analizó la Comisión (1958-2016). 

Por ejemplo, dice que no distingue entre las décadas en las que predominó la televisión pública y lo que cambió cuando llegaron los canales privados. “Esa perspectiva que consigna la Comisión es muy actual” y no permite entender que la prensa impresa también tuvo cambios en ese largo periodo, y por lo tanto, distintas dinámicas de cobertura y de relación con el conflicto.

Catalina Oquendo, periodista en Colombia de El País, de España, y quien fue corresponsal de medios colombianos como El Tiempo en las últimas dos décadas, dice que sería “raro” que los medios no aparecieran en el informe de la Comisión. Apunta que si bien no se puede atribuir responsabilidades como las que tuvieron en el conflicto de Ruanda, donde hubo llamados directos al genocidio, sí hubo unas narrativas que hicieron parte del conflicto armado. 

“Como autocrítica está bien que los medios aparezcan allí”, dice Oquendo. Para ella resulta “innegable” que los medios fueron fundamentales en el conflicto, tanto como que “hay una cantidad enorme de periodistas que le han puesto el pecho a las balas y han estado con las comunidades, intentando hacerle contrapeso a la narrativa de los medios”.

El Armadillo habló con Marta Ruiz, periodista y una de las comisionadas responsables del informe final. Ruiz dice que sí hay una diferencia entre el ejercicio periodístico y las narrativas “que no dependen solo de los medios, pero que circulan a través de estos, que muchas veces son oficiales y hacen parte del discurso de la política”. Agrega que mientras los periodistas son sujetos que “gestionan socialmente” el derecho a la información y ejercen la libertad de prensa, los medios actúan como empresas con políticas editoriales. “Nosotros no nos metemos con las políticas de los medios, porque no es nuestro objetivo, lo que sí nos interesó observar fueron las narrativas instaladas”, apunta la comisionada Ruiz.

De todas maneras, Ruiz reconoce que el capítulo de hallazgos y recomendaciones no está escrito en perspectiva histórica y por lo tanto no permite ver lo que ocurría en los medios en cada periodo. Habrá otro capítulo llamado ‘No matarás’, que aún no es público, y que sí profundizará en la periodización del conflicto. No obstante, tampoco lo hará en clave de medios. “Allí hay algunas menciones”, pero no mucho más, pues según explica, la Comisión no tenía dentro de su mandato poner el foco sobre los medios, aunque sí les interesaba.

Las ‘narrativas’ de la guerra


Según la Comisión de la Verdad, los medios “fueron actores fundamentales en la narrativa del conflicto armado”, tanto en la difusión efímera de hechos de horror como en la amplificación de lo que vivían las comunidades. También ayudaron a la construcción de algunas víctimas como “íconos del impacto en la guerra” usados para “justificar la agudización del conflicto, el cierre de las iniciativas de paz o la estigmatización de diferentes colectivos”. 

Y así como fueron claves en la investigación de violaciones a derechos humanos, “también lo han sido en la reproducción de los estereotipos que contribuyen frecuentemente a la polarización social” a través de la representación dominante de unas violencias sobre otras, del uso de “pánicos morales” y de la estigmatización con categorías de enemigo como “terroristas”. 
Conclusiones de este tipo no son solo de la Comisión de la Verdad. Una tesis doctoral resumida en un artículo de 2016 por su autora, Alexandra García, se preguntaba “por qué odiamos tanto a las Farc (y no tanto a los paras…)” y concluía que la prensa recurría a “estrategias lingüísticas para aminorar la responsabilidad de los paramilitares en los hechos violentos y resaltar la de la guerrilla”, tendencia que se incrementó entre 2002 y 2006. “Una de las estrategias más obvias es evitar nombrar a los paramilitares en las noticias”, y llamarlos “hombres armados”, “encapuchados”, etc., decía la autora.

Pantallazos tomados del artículo De por qué odiamos a las Farc (y no tanto a los paras…), publicado en La Perorata.

Además, el informe señala que los medios contribuyeron a la naturalización de la guerra. Según la comisionada Ruiz, “la normalización es un proceso que es la suma de una cantidad de elementos” en la que no se puede atribuir responsabilidad solo a los medios. Añade que lo que señalan es un fenómeno de normalización como el sucedido con los desplazados, que ante su masividad dejaron de ser contados: “Se volvieron paisaje, pero eso no es culpa de los medios, hace parte de un fenómeno cultural”. 

Con la masificación de las masacres, Oquendo recuerda que en sus tiempos de reportera regional, en los años 2000, “lo que te decían era que si eran más de cinco muertes, se reportaba”. Cuando lo piensa en retrospectiva, se cuestiona cómo es que instrucciones de ese tipo no la sacudieron, aunque reconoce que podían estar condicionadas por asuntos como la capacidad limitada para investigar todos los hechos. Esa lógica de body count, agrega, impidió que se pasara de contar muertos a entender los patrones e intereses detrás de esas masacres.

Para finales de los 90, Juan Diego Restrepo era reportero de la Unidad de Paz y Derechos Humanos de El Colombiano. “Yo te puedo jurar que cubrí decenas de masacres, qué cosa tan horrible. Era semanal, tenía que desplazarme un montón. Llegó un momento en que comenzaron a decir que no volviéramos a las masacres”, cuenta. Esto lo atribuye al cansancio de ese tipo de cubrimiento, pero también al impacto que tenía en la lecturabilidad “porque a la gente no le gustaba leer eso”, lo que llevaba a los medios a tomar decisiones editoriales de ese tipo.

Pero considera que la idea de la “narrativa” no puede caer en generalizaciones de enfoques y contenidos. “Lo que uno podría decir es que unos medios se esforzaron en presentar una realidad mucho más concreta de la guerra, y otros jugaron un papel fundamental en reproducir la voz de los guerreros, particularmente en cierto periodo de la guerra paramilitar” previo al proceso de Justicia y Paz. Dice que algo similar sucedió durante la década de los 70, cuando otros medios le dieron voz y visibilidad a integrantes de las guerrillas, incluso con un tono que romantizaba su discurso. 

Mientras unos se enfocaron en reproducir la versión oficial de la guerra —la del Estado y las fuerzas armadas— y a cubrirla desde los escritorios, otros trataron de mantener pluralidad de fuentes, asegura el director de VerdadAbierta.com.

La comisionada Ruiz reconoce que cualquier generalización sobre los medios puede resultar injusta. Sin embargo, cuenta que en el proceso de escucha de esa entidad transicional, encontraron en territorios y comunidades un fuerte “sentimiento de estigmatización”. 

“Para la gente tuvo mucho peso ser señalada, por ejemplo, de guerrilleros en el titular de un periódico”, aunque muchas veces esa acusación viniera del DAS o la Fiscalía y el medio solamente la reprodujera. Asimismo, señalamientos como “zonas rojas” o “pueblos guerrilleros” tuvieron consecuencias reales en la intensificación del conflicto. “Esa carga, que tenemos que aceptar que existe, no es del periodismo, sino de la manera como circulan los discursos”, reflexiona la comisionada.

En noviembre de 1999, directores de 27 medios de comunicación -entre esos RCN, Caracol, Caracol Radio, El Tiempo y la revista Cambio- firmaron un “acuerdo por la discreción” que fue presentado de dos formas. Primero, como un mecanismo de defensa frente a los riesgos a los que se sometían los periodistas, porque preferían “perder una noticia antes que una vida”. 

Pero también como una respuesta a las críticas crecientes por parte de las audiencias a la forma de cubrir el conflicto. En el documento se comprometían a que el cubrimiento de actos violentos fuera “veraz, responsable y equilibrado” y a no presentar rumores como si fueran hechos: “La exactitud, que implica ponerlos en contexto, debe primar sobre la rapidez”. 

Pero según registró El País en ese entonces, los cuestionamientos eran más complejos que una reafirmación de cartilla sobre el deber del periodismo: “¿Cómo puede llegar un periodista hasta donde está un secuestrado y entrevistarlo? Esa pregunta se la han planteado muchas veces los colombianos. Y muchos han protestado ante primicias como la imagen demacrada de los primeros feligreses liberados por el ELN tras el secuestro masivo en una iglesia”. 

Ese acuerdo fue impulsado por el entonces decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad de la Sabana, César Mauricio Velásquez, quien luego fue secretario de prensa de la Casa de Nariño durante la presidencia de Álvaro Uribe Vélez. En 2021 fue condenado por las ‘chuzadas’ del DAS durante esa administración, que afectaron también a periodistas.

La estigmatización no solo ocurrió de páginas hacia afuera. Según Juan Diego Restrepo, en las mismas salas de redacción y entre colegas de distintos medios “había tensiones”. Acceder a una u otra fuente, cubrir más a las guerrillas, más al Ejército o más a los paramilitares, también terminó en señalamientos de ser afines a los intereses de unos u otros. “Todos participamos de esa macartización, ahí no hay inocentes”, dice.

¿Y la victimización contra medios y periodistas?


Un viejo lugar común, de difícil atribución, dice que “la primera víctima de la guerra es la verdad”, esa que suele ser depositada en los periodistas como su máxima aspiración. La contraparte de las responsabilidades atribuibles a los medios está en lo que estos y sus periodistas sufrieron en el conflicto, que no aparece tan reflejado en el informe final de la Comisión.

“Así como decía que está bien que aparezcamos para la crítica, está bien que haya equilibrio para contar no solo la censura, sino los hechos directos de los que fueron víctimas muchos periodistas: secuestros, asesinatos, desplazamientos”, considera Catalina Oquendo. 

Las presiones fueron de distintos tipos. Por un lado, desde las mismas redacciones. La periodista de El País dice que ante las barreras impuestas dentro de los medios, cada periodista encontraba su forma de sortearlas, de “meter goles”. “O te adaptas o buscas alternativas para jugar en medio de esa tensión”. Algunos de los que no se adaptaron a esas tensiones y barreras, dejaron el periodismo, y muchos de los que aceptaron jugar con esas reglas trataron de defender sus posiciones.

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“Creo que a los periodistas que intentan pararse en medio de esa tensión les cobran un poco eso, porque son periodistas incómodos y en la complejidad de una sala de redacción, donde todo es muy rápido, disentir implica tiempos”, señala Oquendo.

Y por el otro lado estuvieron los atentados directos al periodismo. Según la Fundación para la Libertad de Prensa, 161 periodistas fueron asesinados en razón de su oficio entre 1977 y 2021, aunque no todos en el marco del conflicto. Además, se conocen casos de amenazas, exilios, violencia sexual, desapariciones, secuestros, entre otras victimizaciones. 

El de hallazgos y recomendaciones es apenas un capítulo de los más de diez que tendrá el informe final, entonces no es posible afirmar aún que las victimizaciones a periodistas y medios no aparecen allí. La comisionada Ruiz dice que en el capítulo de violaciones a los derechos humanos y al Derecho Internacional Humanitario es posible que aparezcan casos de periodistas, pero reconoce que la Comisión no se dedicó a hacer un análisis específico sobre la situación de la libertad de prensa durante el conflicto.

“El mandato de la Comisión era muy amplio. Hubiéramos querido hacer más, no solo sobre los medios, también sobre las iglesias o el papel de la escuela, pero teníamos poco tiempo y un mandato gigante”, dice Ruiz. De todas maneras dice que al respecto hay muchas investigaciones, varias recibidas por la entidad, y que estas harán parte del legado que deja la Comisión tras desaparecer como institución del Estado. Ahora, por fuera de lo que quedó en el informe, como periodista y comisionada lanza algunas reflexiones.

Dice que, efectivamente, hubo mucha censura, autocensura, miedo y presión de los actores violentos. Agrega que las regiones estuvieron completamente silenciadas, al punto que todavía hay personas que no sienten confianza para contar lo que vivieron. Pero además, que los periodistas aprendieron, “aprendimos”, a no nombrar. “Las cosas no se dijeron como se tenían que decir, sino de forma que no generaran demasiado riesgo. Aprendimos, y lo sé también por mi experiencia, a nombrar las cosas con pinzas, lo que fue generando un reino del eufemismo”. En últimas, a no decir lo que había que decir.

Juan David López Morales
Nació y se crio en Barbosa, donde fue tocó en la banda sinfónica. Se hizo periodista de la UdeA, politólogo de la Nacional y está a una tesis de ser magíster en análisis de problemas políticos, económicos e internacionales del Externado. Trabajó en El Tiempo, donde logró reconocimientos como el Simón Bolívar de Periodismo 2020. Aprende a cuidar plantas como lo hacía su papá y perritos como lo hace su mamá.

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