Aunque casi todos los colombianos consideran que la educación es el principal vehículo de movilidad social, según la Encuesta Mundial de Valores del 2024 la imaginación es la cualidad menos valorada en la crianza. ¿Cómo se priorizan los valores cuando sobrevivir es la urgencia?
Por Luis Bonza.
Los regalos no fueron suficientes. Aunque eran 23 niños, los paquetes alcanzaban solamente para los ocho que ganaron la rifa. Los demás miraban cómo el resto destapaba, celebraba y comparaba. Uno de los niños, al abrir su caja y ver que tenía varios carros, decidió regalarle uno a quien no tenía nada.
Ante ese gesto, el resto de niños empezó a compartir sus regalos también y en cuestión de minutos todos tenían un juguete en sus manos. “Conmoverse es un proceso de la imaginación, es ponerse en la emoción del otro, es reconocer que hay un otro”, dice Mateo Sánchez, licenciado en educación y magíster en estudios de infancia.
Los niños y niñas estaban participando de las Escuelas Vivenciales para el Cuidado, un proyecto de la Corporación Gris que propone a la población de San Antonio de Prado, desde hace 12 años, encuentros para el fortalecimiento de la cultura, la memoria y el tejido territorial.
Cada quince días se reúnen en la vereda La Florida y el barrio El Vergel con motivo del cuidado de la naturaleza, de sí mismo y del otro. Entre los ejercicios que realizan está, por ejemplo, “El Yerbario”, que propone recorridos para identificar y describir la naturaleza del corregimiento.
“Hay que mantener vivas las ganas en el otro de pensar e imaginar, y por eso intentamos dar otras posibilidades a los niños. El hecho de que puedan detenerse a oler una flor, a pensar la importancia de una abeja, les va a permitir ver el mundo de otra forma”, propone Johnny Sánchez, sociólogo y representante legal de la Corporación.
La imaginación, sin embargo, es la cualidad considerada menos importante para aprender en la niñez entre once opciones valoradas por los colombianos en la Encuesta Mundial de Valores -EMV-, que propone datos para comprender cómo cambian los valores, creencias y normas en las sociedades. Las que ocuparon los primeros lugares fueron los buenos modales, la tolerancia, la responsabilidad, la fe religiosa y la obediencia.

“En Antioquia está muy marcado el yo puedo, yo lo hice, yo lo logré. Hay una estructura del ideal del joven que es responsable, trabajador, que respeta la orden. La imaginación habla de lo que yo puedo hacer con mi realidad y mi entorno. Es importante que los chicos imaginen para que puedan tener sueños, no porque vayan a crear una empresa, sino soñar bonito, con la gente, el estar bien, el cuidar al otro”, agrega Sánchez.
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Imaginar en la carencia
Mary Belle Salazar es educadora y docente de la Fundación Loyola, que promueve la implementación de modelos pedagógicos para fortalecer la educación pública y privada. En esa jerarquía de cualidades que pone la imaginación en último lugar, ve una “herencia inconsciente de carencia. La imaginación está en última instancia, quizá, por el afán de que la gente adquiera habilidades para el trabajo, y es considerada algo que hace perder el foco, pero la gente no tiene claro qué es y porqué es tan necesaria”.
Al “desocupado lector” le habla Miguel de Cervantes en el inicio del prólogo de la primera parte del Quijote. El desocupado es el que no está haciendo nada, pero también el que tiene un espacio vacío, que no está ocupado. En ese espacio se ubica la imaginación: el fuero interno donde no se debe cumplir ninguna regla y donde nadie puede gobernar.
Ese espacio desocupado, en el caso de los niños y niñas, está sujeto a la ocupación que pueden ofrecer docentes, padres y la sociedad en general. “A los niños hay que enseñarles a jugar, a dibujar, a decir cosas con palabras. No es un proceso biológico, son construcciones socioculturales, pero si quienes están destinados a mostrar el mundo, que somos los adultos, no tenemos el espacio para imaginar, entonces cómo vamos a simbolizar a quienes apenas llegan”, explica Mateo Cardona, que además es profesor de Pedagogía de la Universidad de Antioquia.
La EMV también indagó por la importancia que tienen distintos aspectos de la vida de los encuestados. En Antioquia, específicamente, el trabajo fue la opción más importante, por encima de la familia, los amigos, el tiempo libre, la religión y la política.
“Por mucho tiempo la matriz de necesidades la hemos enmarcado en poder sobrevivir, no en lo simbólico, que es muy necesario para los adultos, pero crucial para los niños y las niñas. La imaginación tiene que ver con la sensibilidad, con ver una obra de teatro y conmoverse, con que haya espacios dónde uno sentarse a conversar y tiempo para hacerlo”, agrega Cardona.
«La imaginación está en última instancia, quizá, por el afán de que la gente adquiera habilidades para el trabajo».
Mary Belle Salazar, docente de la Fundación Loyola.
Confianza y movilidad social
La EMV arrojó que el 99 % de los colombianos considera muy importante educarse, por encima de tener vivienda propia, la estabilidad laboral, tener carro o viajar. En la encuesta se resalta la educación, además, como uno de los principales factores asociados a la movilidad social. Una promesa que durante muchas décadas cumplieron las universidades.
Sin embargo, en el primer semestre del 2025, por ejemplo, la Universidad Nacional de Colombia, que es la principal institución de educación superior pública del país, tuvo la cifra de aspirantes más baja en veinte años.
“Si algo hemos dicho es que la cuna no es destino, y que el deber de la educación es discutir las formas en que se ha repartido el mundo, y repartirlo mejor. Por eso la universidad pública, pero la confianza en ella se ha perdido y de ahí la cantidad de estudiantes que están entrando, y los que se van a mitad de carrera. Si los adultos no entramos a lo que proyectamos llamar como un espacio de imaginación, no podemos hacer que otros entren”, explica Mateo Cardona.
De acuerdo con la encuesta, la desconfianza en el país está en máximos históricos. El 96 % de las personas encuestadas piensa que “hay que ser muy cuidadoso al tratar a la gente”. En el caso de las instituciones y organizaciones, las que más generan confianza apenas superan el 50 %: las universidades y la iglesia.
Marcela Guiral es docente, bibliotecóloga y escritora de libros para niños y jóvenes. La confianza en las universidades, según propone, está minada por un afán de hacer dinero que es resultado de la relación de los jóvenes con las redes sociales. “Somos hijos de una época. Ahora los videos son todos de un minuto, uno da una clase de dos horas y no se concentran. Entonces no tengamos carreras de seis años, sino tecnologías para que salgan a hacer plata lo más pronto posible. Creo que sí hemos minimizado mucho el pensamiento crítico y analítico en técnicas, tecnologías e incluso en pregrado y posgrado”, afirma.
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En la EMV realizada en 2024 aumentó del 16 % al 19 %, con respecto al 2018, quienes piensan que la educación universitaria es más importante para los hombres que para las mujeres. Incluso en uno de los espacios que más confianza genera entre los colombianos persisten jerarquías y prejuicios que limitan las posibilidades de proyectar futuros distintos.
La pregunta de fondo no es solo si los niños aprenden a imaginar, sino qué lugar le concede la sociedad a esa capacidad cuando crecer implica, ante todo, garantizar la supervivencia. “¿Para qué zapatos si no hay casa?…”, se pregunta la “Chinga” en La vendedora de rosas, una de las películas que mejor retrató los márgenes en la Medellín de los 90. La escena resume una lógica conocida: primero lo urgente, después lo demás.
Una sociedad que posterga indefinidamente sus necesidades simbólicas corre el riesgo de reducir también su capacidad de transformarse. Imaginar no resuelve por sí solo la falta de ingresos o la desigualdad estructural, pero sin imaginación es difícil concebir un mundo distinto al que ya existe. La pregunta, entonces, no es solo si hay plata para vivir, sino si hay espacio para soñar.




