Extrema derecha

¿Qué es la extrema derecha? Historia de usos y abusos de un concepto político

Por El Armadillo

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3 de agosto de 2026

La extrema derecha es una de las etiquetas más utilizadas en el debate político contemporáneo, pero ¿qué significa y cómo se ha transformado su significado? Este concepto, al cambiar en su definición, termina por ser una radiografía del tiempo y el lugar en el que se usa.

David E. Santos Gómez


Las pasadas elecciones presidenciales en Colombia tuvieron los tintes de una guerra ideológica brutal. Las palabras, usadas a mansalva, se transformaron en armas arrojadizas que, en su abuso, perdieron consistencia y de a poco se vaciaron de significado. 

Atragantados de emociones, de esperanzas e ilusiones, pero también de miedos y de rabias, candidatos y ciudadanos insistieron en que las urnas definirían, para siempre, el destino de la nación. Los medios generalistas compraron, sin demasiada crítica, la idea de que en esos dos domingos el país se salvaba o se asomaba al abismo. El despeñadero, por supuesto, siempre era el otro. En últimas, repitieron, sería la elección entre dos radicalismos. Dos “extremos”. La izquierda radical y la extrema derecha. 

“Reto a la extrema derecha, a sus dos candidaturas, a la senadora Paloma Valencia y al abogado Abelardo De la Espriella a que debatamos sobre propuestas de fondo”, dijo en un discurso en el Sumapaz el candidato oficialista Iván Cepeda.

“Ese cáncer que representa la izquierda radical son nuestros enemigos acérrimos (…) Yo vine a combatir a la plaga cancerígena de la izquierda radical que está acabando con Colombia”, aseguró Abelardo en una entrevista en medio de la campaña.

¿Pero realmente representaban Iván Cepeda y Abelardo De la Espriella los dos puntos más excesivos de sus ideologías? ¿Son los polos opuestos de todo el espectro? Y, una vez electo De la Espriella, ¿qué significa entonces la extrema derecha? Si personajes tan diversos como Javier Milei, Nayib Bukele, Santiago Abascal, Georgia Meloni, Donald Trump o Jair Bolsonaro han sido etiquetados con un mismo concepto, ¿no ha perdido entonces el nombre (derecha) y su apellido (extrema) su capacidad para definir un fenómeno?

La masificación del concepto tiene una radiografía clara en los medios. France 24, la reconocida cadena de noticias europea, titulaba antes de las votaciones de la segunda vuelta en torno a la lucha de dos corrientes antagónicas: “De la Espriella o Cepeda: Colombia elige si vira a la extrema derecha o da continuidad a la izquierda”.

A su vez, tras la elección de Abelardo De la Espriella, algunos medios colombianos hicieron énfasis en la categorización de ultra derecha. Fue el caso de Radio Televisión Nacional (RTVC), organismo público que en los últimos años acrecentó su postura oficialista: “La disputa entre la ultraderecha trumpista y las derechas tradicionales en América Latina tiene un nuevo escenario: Colombia”, encabezó su noticia cargada de adjetivos calificativos.

Sin embargo, el uso del concepto de extrema derecha en los medios, nacionales o internacionales, parece tener una intencionalidad diferente. Mientras en el extranjero el término es funcional a la explicación del contexto político para permitir la comparación con otros gobernantes del hemisferio más conocidos, en Colombia el periodismo usa la definición como parte de una lucha ideológica entre partidos que se hace más evidente tras el gobierno de Gustavo Petro, el primero de izquierda en la historia reciente del país.

La velocidad de la política contemporánea —nacional e internacional— nos ha llevado a una particular paradoja: vivimos tantas cosas y de forma tan acelerada que el lenguaje parece insuficiente. Las viejas palabras tratan de definir los nuevos fenómenos, pero estas, como las cosas, se desgastan con su uso. Al recurrir a ellas con tanta frecuencia para señalar elementos tan diversos, su potencialidad se difumina. O cambia. Se transforma y pasa a tener un nuevo significado.

En la prensa internacional la referencia a Abelardo De la Espriella como candidato de la extrema derecha colombiana es común. Resulta interesante que, para explicar una realidad política ajena a sus lectores, los periodistas recurren a conceptualizaciones más amplias del fenómeno para una definición programática. El ejercicio es útil al objetivo narrativo.

CNN en español, en una nota publicada al otro día de las elecciones, tituló su análisis “Colombia apuesta por “el Tigre”, un populista de extrema derecha respaldado por Trump que se encamina a la presidencia”. En el escrito, la cadena estadounidense vincula al presidente electo con el salvadoreño Bukele, por anunciar megacárceles, o con el argentino Milei, por su anuncio de una reducción drástica del gasto público. Ambos elementos, sin embargo, aparecen como una comparación inmediatista que favorece la explicación general del fenómeno, pero deja de lado las aristas propias del caso colombiano. Ni la seguridad salvadoreña ni la relación del gasto entre los argentinos y su economía, tiene un reflejo idéntico en nuestro país.

La revista latinoamericana de análisis político Nueva Sociedad tituló en su edición de junio: “Las dimensiones del giro de Colombia hacia la extrema derecha”, y calificó a De la Espriella como excéntrico y radical: “La gran pregunta, ahora, es si las instituciones y una sociedad civil movilizada podrán frenar la radicalidad de su proyecto político, inspirado en Trump, Milei y Bukele”.

La comparación con fenómenos ya consolidados aparece aquí como el camino directo a la explicación del caso novedoso. Dice el reconocido historiador italiano Enzo Traverso, en su libro Las nuevas caras de la derecha, que el mundo atraviesa una época de una apremiante incertidumbre política y que “frente a nuevos escenarios desconocidos, solo disponemos de vocabulario antiguo, herencia de un siglo que ha terminado. Sus palabras están desgastadas, pero aún no hemos forjado otras. Nos arreglamos con ellas”.

Los conceptos políticos, a diferencia de las palabras, no son estables. La transformación de su significado es, al mismo tiempo, una radiografía del momento político que se vive. El historiador Reinhart Koselleck explica que estos, por su polisemia, se van llenando de significados, de usos, de experiencias. 

Y la Colombia contemporánea es un ejemplo preciso de transformación del concepto de derecha y el estiramiento con el adjetivo de extrema. Lo que para inicios del siglo XX representaba el término dista mucho de lo que hoy entendemos como tal. ¿En qué se parecen personajes como Laureano Gómez y Álvaro Uribe o, el ahora electo, Abelardo De la Espriella? A cada época y a cada contexto hay un uso del concepto que, en el juego de la batalla política, termina por ser construido más como una categorización peyorativa. Son los extremos los que asustan porque son tan diferentes que con ellos no hay consenso posible. Lo radical es el muro infranqueable para el diálogo, la grieta insalvable para la concertación.

¿De dónde viene la derecha?

El filósofo y político Norberto Bobbio aclara que tanto derecha como izquierda son dos términos que se oponen y que “desde hace más de dos siglos, se emplean habitualmente para designar el contraste de las ideologías y de los movimientos en que está dividido el universo, eminentemente conflictivo, del pensamiento y de las acciones políticas”. Ambos términos son exclusivos (no se puede ser al mismo tiempo de las dos corrientes) y profundamente divisivos. No resulta una sorpresa, entonces, que en un momento de particular crispación y polarización política ambos conceptos aparezcan como señalamiento y ataque al contrincante.

La denominación de derecha es el resultado del azar. A finales del siglo XVIII, durante la revolución francesa, aquellos que defendían la monarquía tenían sus sillas en el lado derecho de la Asamblea Nacional. Los partidarios de las reformas profundas se hacían a la izquierda. La expresión “derecha”, coloquial, pasó rápidamente a denominar a aquellos que pretendían contrarrestar las ideas revolucionarias. A los políticos que se mostraban defensores del orden existente. Pero, como era de esperar, un nombre tan amplio y al mismo tiempo tan vacío, se empezó a llenar en la conversación cotidiana para señalar a doctrinas muy distintas. Para algunos eran los monárquicos, para otros los nacionalistas. Unos tantos los vinculaban a la defensa de los rasgos católicos y unos más incluso a los liberales más moderados. El hilo que unía a las distintas familias ideológicas con la etiqueta de derecha tenía que ver, en últimas, con la valoración del orden y la desconfianza frente a revoluciones que modificaran el statu quo. La defensa de lo que existe. Ser conservador.

Y es precisamente la idea del concepto conservador, para definir un pensamiento político, el que durante el siglo XIX y parte del XX, más arraigo tuvo en América. La definición de derecha, que como vimos tiene raíces francesas y se extiende por Europa, aparece poco en la descripción del camino político del hemisferio. 

En la balanza ideológica de nuestra nación, por ejemplo, los dos polos contrarios se definieron desde muy temprano como liberales y conservadores. El hilo que une la enunciación nos lleva hasta nuestros Padres de la Patria. Y, para mayor facilidad interpretativa, los dos grandes partidos políticos se definieron como Partido Liberal y Partido Conservador. Rojos unos, azules los otros. Los primeros propugnaban una separación entre la Iglesia y el Estado, una mayor apertura política y la defensa de libertades individuales. Los segundos, a los que en estas tierras también llaman “godos”, se vincularon a la idea de estabilidad política desde el orden y la autoridad, al centralismo y a su vínculo muy estrecho con el catolicismo.

La Guerra Fría cambia el lenguaje

La asimilación pública del conservadurismo de antes es la de la derecha de hoy. Al menos en el lenguaje coloquial y su amplificación en los medios de comunicación. El gran viraje se da a mediados del siglo XX con la Guerra Fría y la organización de la política mundial alrededor del eje capitalismo y comunismo. Actores que se identifican como opositores a Washington, como los partidos comunistas e incluso posteriormente los movimientos que se declaran en rebeldía y toman las armas, adoptarán como propia la bandera de la izquierda. Los contrarios, por oposición, la de la derecha. Ya decía Daniel Pécaut en su clásico Orden y Violencia que en Colombia la construcción de la identidad nacional bebía profundamente de la identificación partidista y la diferenciación con el contrario. Más que definir lo que somos, nos representamos por lo que no somos. En ese sentido resulta clara la forma en la cual la dicotomía derecha e izquierda empezó a ganar cada vez más fuerza en los lenguajes políticos.

El cierre del siglo XX, principalmente con la aparición de la Constitución de 1991, habilita la aparición de nuevas identidades que no se sentían representadas plenamente en el bipartidismo tradicional. Si a esto le sumamos una continua preocupación por el orden y la seguridad —tanto por el narcotráfico como por las guerrillas y el paramilitarismo— toma auge el ascenso de un discurso conservador que insista además en su clara diferencia con la izquierda. El uribismo, entonces, pasa a encarnar la idea de una paradoja: un político de orígenes liberales con planteamientos conservadores que no se siente incómodo cuando lo señalan de derecha.

La aparición de la extrema derecha europea

En Europa el concepto de derecha, que tenía vínculos fuertes desde el siglo XVIII, tomó fuerza una vez terminada la Segunda Guerra Mundial y es allí donde la expresión “extrema derecha” se consolida para entender a varios movimientos políticos que abandonan los proyectos fascistas, derrotados en el conflicto, y empiezan a construir plataformas electorales. En ellos, dice el ya mencionado Traverso, hay una continuidad con las ideas del pasado, pero anexan elementos del nuevo contexto continental. Se mantiene el autoritarismo y la xenofobia y, frente al proyecto unitario europeo, se afianza el nacionalismo y la construcción en el inmigrante como enemigo interno.

El tema migratorio es fundamental para entender la “extrema derecha” europea. Uno de los elementos nucleares de estos movimientos políticos contemporáneos tiene que ver con el sentimiento de pérdida de control de la nación en manos de los extranjeros. De allí se sostienen expresiones que defienden las tradiciones nacionales, la oposición a la globalización y la insistencia de que cada país debe ser habitado por aquellos que tienen raíces profundas, de varias generaciones, en sus territorios. 

A eso se le suma un claro autoritarismo y un lenguaje en muchas ocasiones violento contra el adversario político. Partidos como Vox en España, Alternativa para Alemania o Hermanos de Italia, son los abanderados de esta denominación y, mediante la participación electoral y el reconocimiento de la democracia representativa, han aumentado su presencia en los parlamentos de sus países. Pero los conceptos no pueden definirse de manera genérica y representan una realidad temporal y espacial. Lo que funciona como etiqueta ideológica en Europa no encaja necesariamente con las categorías que se usan al otro lado del océano.

La diferencia en América Latina

Si bien en países del norte del hemisferio como Canadá o Estados Unidos el tema migratorio podría ser un elemento decisivo para la construcción programática de los partidos de derecha, en el resto del continente no se puede explicar el ascenso de las derechas más extremas bajo el mismo discurso que tuvo su nuevo eje en el antieuropeísmo.

Una clara muestra es Donald Trump, frecuentemente representado como exponente de la extrema derecha norteamericana, quien sí toma a la migración como parte esencial de su discurso. Su idea del America First y del Make America Great Again sostiene una retórica que da prioridad a lo nacional para recuperar lo que él, y sus seguidores, consideran perdido. Hay, como hilo conductor, elementos de orden y de autoridad que lo hermanan con la vieja tradición conservadora y republicana de su país. O como una “derecha alternativa”.

Pero en América Latina, aquellos políticos etiquetados como de extrema derecha tienen sus propias características. Por más que se ajusten la gorra roja del MAGA, su propia consideración programática responde al contexto de cada país.

Pablo Stefanoni escribe en su libro ¿La rebeldía se volvió de derecha? que en el subcontinente las expresiones más radicales están directamente vinculadas a la necesidad de un discurso fuerte que ordene lo que la sociedad considera que ha descuidado el progresismo. En ese sentido en Argentina el libertarismo de Javier Milei y su motosierra se unen a la compleja realidad económica, en Chile a una resignificación del pinochetismo o en Colombia al orden y la seguridad por años de conflicto armado.

Aún con sus diferencias, el aspecto cultural une de forma transversal estas extremas derechas. Su discurso está plagado de anticomunismo (frecuentemente encarnado en el desprecio al socialismo del siglo XXI y a la figura de Hugo Chávez), la oposición a los movimientos feministas y la defensa a ultranza de lo que consideran la “familia tradicional”.

¿Por qué estos aspectos terminan por definirse como extremos? En buena medida porque la derecha más tradicional acepta la negociación, la alternancia política y las formas heredadas del pensamiento conservador. Cualquier concesión al contrario político, que es no solo válida sino necesaria para una democracia liberal, es interpretada entonces por los movimientos de extrema como una derrota. Como el triunfo de lo políticamente correcto. Si bien la derecha tradicional se mantiene abierta al proceso del pluralismo, la extrema es cada vez más insistente sus ataques. Es en el lenguaje, en últimas, donde se construye buena parte de esta ideología y su continuo coqueteo con el ataque al sistema y a las instituciones.

En el espectro ideológico los radicalismos se cimentan en la ampliación de lo que es discursivamente aceptable para luego ponerlo en práctica. Paso a paso. Convertir a lo que antes era inadmisible en la nueva normalidad. En Estados Unidos, George W. Bush fue el representante de la derecha mundial al inicio del siglo XXI y con la brújula de sus actuaciones, en Afganistán y sobre todo en Irak, se construyó la definición de este espectro ideológico. Una década y media después, lo que se interpretaba como derecha en Bush pasó a ser insuficiente para definir a un personaje como Donald Trump. “Podría pararme en medio de la Quinta Avenida y dispararle a alguien, y no perdería ni un solo votante”, dijo en el 2016 el hoy mandatario de Estados Unidos.

En nuestro país también tenemos un ejemplo claro de la ampliación del espectro. En Colombia, por más de dos décadas la idea de derecha se encarnó en Álvaro Uribe. Hoy, al ritmo del discurso político nacional, el uribismo parece demasiado blando. Dice la exsenadora María Fernanda Cabal, quizá una de las mayores representantes de lo que se define como “extrema derecha”, que el expresidente no es lo suficientemente duro. “Uribe tiene corazoncito mamerto”, asegura.

Y esa disputa conservadora se hizo eco en los medios. Un ejemplo claro fue la forma en la cual, unos días antes de la posesión del presidente electo y a propósito del enfrentamiento por la presidencia del Senado entre las derechas colombianas (Centro Democrático y abelardismo), algunos portales se cuestionaban si el nuevo mandatario no le robaría lo ““extremo” al uribismo con su discurso”.

La lucha por la derecha (una tradicional y otra extrema) pasó a ser parte del enfrentamiento hegemónico partidista que se injertó en los medios locales. A diferencia de lo visto en el periodismo internacional, en el caso local la idea de extremo está asociada mayoritariamente con la disputa hegemónica por la representatividad conservadora. Los políticos, tanto de la oposición como del oficialismo, la usan en sus declaraciones para marcar diferencias partidistas. Para “acusar” al contrario.

En los lenguajes de la política contemporánea varios conceptos —entre los que está extrema derecha— han hecho tránsito a calificativos peyorativos. Por eso es poco común que los políticos que son definidos por ellos acepten la etiqueta y su uso recaiga con mayor fuerza en los medios de comunicación o en sus contrincantes ideológicos. Cuando la política ha pasado a construirse en una arena cada vez más violenta, el lenguaje se convierte en un arma moldeable y las palabras se resignifican a voluntad de las campañas. De esta forma es difícil ponerles linderos a los conceptos. Son movedizos. A cada significado le corresponde un tiempo y un lugar. Así, con el ritmo de la radicalización y la polarización política actual, lo extremo de ayer puede ser lo moderado del presente.

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