Las trochas y las luchas de la Nueva Jerusalén, un barrio en el margen del Estado

Por Mateo Isaza Giraldo

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14 de abril de 2024

Más de 30 mil habitantes, en su mayoría desplazados, conforman la Nueva Jerusalén en la ladera occidental en límites entre Medellín y Bello. Crónica de una tierra (no prometida) que se convirtió en uno de los asentamientos informales más grandes del país y a la que aún no llega el alcantarillado ni los carros de basuras ni el agua potable.


El barrio Nueva Jerusalén suena a veces a vallenatos dulzones y corridos estridentes que salen de las fondas, a las campanas de una de las capillas que anuncian la misa de turno y al sonido esforzado de los motorratones que cobran $2.500 por pasaje y que sirven de único transporte “público” en el barrio.

Pero hay sonidos que se imponen durante todo el día, todos los días: el cacareo de los gallos y el chocar de picas, palas, martillos y almadanas, y de las herraduras de las mulas que cargan los materiales de construcción con los que nuevos habitantes le arañan espacio a la montaña para armar sus casas en la parte alta de la parte alta.

En Nueva Jerusalén se escucha el canto de los gallos porque muchas familias llegaron desplazadas del campo. Y suena a construcción todo el día, todos los días hasta que el sol se esconde a espaldas de la montaña, porque la Nueva Jerusalén lleva por lo menos quince años en obra.

Así, quinceañero e inabarcable como se ve ahora, la Nueva Jerusalén es un barrio (no barrio) en obra café. Café es la única trocha carreteable por la que ruedan los motorratones durante diez, doce o quince minutos cuando suben desde el barrio París luego de atravesar el cauce de la quebrada la Loca.

Cafés son también los otros caminos posibles, todos peatonales, para entrar o salir del barrio y cafés son las canchas de tierra donde los niños juegan al filo de la montaña.

Panorámica desde una de las canchas de tierra en la Nueva Jerusalén. FOTO: Mateo Isaza Giraldo.

También es café gran parte del entramado de casas y casitas, y los recovecos que se arman entre ellas, que se siguen formando, en las 64 hectáreas de los predios en los que hace 20 años quedaba la finca El Cortado.

“Pilas, niño, que esas son aguas sucias. No las pise”, me dice doña Nubia, una vecina de la Nueva Jerusalén a la que acompaño a pie desde la parte central del barrio hasta la capilla del sector Cosecheros porque hay misa de 5:00 p.m. Vamos por la trocha principal y las aguas negras, que en este punto del barrio también son cafés porque bajan por la misma vía que sirve de carretera, hieden mientras buscan el cauce de La Loca.

John Dayro Restrepo es albañil, electricista y tiene 50 años. Llegó hace 15 a Nueva Jerusalén cuando era más montaña que barrio y más verde que café. En su historia hay un desplazamiento desde Urrao y el recuerdo de vivir arrimado junto a su familia donde unos parientes en el barrio El Picacho:

«Cuando llegamos en 2009 era una finca y se podía contar muy fácil cuántas familias había. La parte alta que hoy es Cosecheros era lo más poblado y si acaso eran 15 o 20 familias. Nosotros nos ubicamos en un sector en el que había solo cinco casas, incluyendo la de nosotros. Lo demás eran mangas, cultivos, muchos árboles y rastrojo. Literalmente era una comunidad que apenas empezaba a caminar».

Así lucía parte de la finca El Cortado a finales del 2000. Las cuentas de los líderes comunitarios y de los curas del barrio estiman que hoy en Nueva Jerusalén viven más de 9 mil familias. FOTO CORTESÍA

La frontera gris del barrio (no barrio)

Un documento del 21 de junio de 2010 firmado por Juan Felipe Palau, secretario de Gobierno de Medellín, y dirigido a la directora seccional de Fiscalías reporta que para ese entonces ya había indicios de personas “dedicadas a la venta y loteo de El Cortado” y da cuenta de la frontera difusa en esa zona: los predios donde se formó la Nueva Jerusalén son propiedad de Medellín —primero de la Corporación de Vivienda y Desarrollo Social (Corvide) y desde 2007 del Municipio luego de que se liquidó esa entidad—, pero quedan en jurisdicción de Bello.

Esa ambivalencia de estar entre Medellín y Bello la sintetiza bien el líder comunitario Marcos Otálvaro, quien también llegó hace 15 años. En su historia hay un desplazamiento desde Cáceres y una primera estación junto a su familia en la comuna 13:

“Es un limbo muy complicado porque lo que nos han dicho siempre es que las alcaldías no pueden invertir en la Nueva Jerusalén porque es un barrio de invasión y hoy somos más de diez mil familias. Nos mandan de un lado para otro todo el tiempo. Vivir aquí es como tener la cama en Bello y la cobija en Medellín”.

Esa falta de institucionalidad se evidencia en cosas simples que condicionan el día a día de miles de familias: por las malas condiciones de la trocha, al barrio no puedan entrar ambulancias ni carros fúnebres. Los heridos, los enfermos graves y los muertos salen del barrio cargados por sus vecinos. A veces en algún campero que hace el viaje y a veces a lomo de mula hasta la parte baja.

En el POT de 2009, la Alcaldía de Bello califica los asentamientos en esa zona del municipio como “viviendas irregulares de la vereda Potrerito”. A pesar de la explosión demográfica de la Nueva Jerusalén, hoy en el barrio funcionan solo dos escuelas “rurales” y muchos estudiantes deben salir a otras escuelas y colegios en París, Los Sauces o La Maruchenga.

Les preguntamos a las alcaldías involucradas por las ofertas institucionales en la Nueva Jerusalén, si tienen un censo oficial y por el proceso de formalización para considerarlo un barrio.

La Alcaldía de Bello dijo que el sector de Nueva Jerusalén está incluido dentro de la estrategia de mejoramiento integral de barrios, una apuesta institucional para formalizar y regularizar algunas zonas periféricas de la ciudad:

«En estos momentos se encuentra previo a ser presentada ante las autoridades ambientales el proyecto de reforma excepcional del POT para que este sector sea incluido dentro del suelo urbano y pueda procederse a su formalización». La Alcaldía espera aprobar este cambio en el transcurso del año y que se implemente a partir de enero de 2025.

También mencionaron que pese a las dificultades para censar y caracterizar a la población, calculan que la cifra supera los 22 mil habitantes. La Alcaldía de Medellín no respondió al cuestionario que enviamos a través de su equipo de prensa.

Los charcos, las llamas y la fuerza del Estado

Antes de que la Nueva Jerusalén fuera lo que es hoy, un asentamiento con cerca de 30 mil habitantes y que tiene una población mayor que tres de cada cuatro municipios en Antioquia, era una finca repleta de cafetales, árboles frutales y plataneras. Tenía unos charcos que servían de balneario para habitantes de Bello que escalaban la montaña no construida para disfrutar de aguas cristalinas.

Ahora es diferente. Para los primeros habitantes de este barrio (no barrio) es difícil establecer cuándo se fundó Nueva Jerusalén: no hubo evento en el que el político de turno cortara la cinta ni verbena que lo inmortalizara. 

Hay, sí, un relato sobre quién le dio el nombre bíblico al barrio. Cuentan que fue un sacerdote católico el que lo rebautizó porque estaba cansado de que a la exclusión en la que vivían los habitantes, se sumara que el nombre El Cortado remitiera a un hecho violento, a alguien que está sangrando. De eso han pasado más de diez años, pero la Nueva Jerusalén continúa con muchas heridas abiertas.

Varias de esas heridas tienen fechas concretas. El 6 de agosto de 2021, por ejemplo, un incendio ocurrido a la medianoche calcinó doce viviendas y afectó otras nueve. Jhon Dayro Restrepo recuerda bien esa noche porque dormía junto a su familia dentro una de las casas que terminó en cenizas:

“Nadie resultó herido, pero eso nos marcó la vida porque perdimos todo. Una hora después las llamas eran de tres y cuatro metros y aunque intentamos apagar con la ayuda de muchos vecinos, tirarle un balde de agua era como echar saliva al mar. No recibimos un día de arriendo por parte de la Alcaldía [de Bello]. Hizo más la parroquia que armó una colecta y la repartimos entre todos para la reconstrucción”.

Por lo menos otros cinco incendios similares han ocurrido en el barrio en la última década. Entre los eventos relevantes también hay desalojos violentos (2017, 2018 y 2020) en los que la Policía y los organismos de gestión del riesgo evacuaron y tumbaron casas. Todos provocaron confrontaciones con los habitantes y luego de un tiempo todos los sectores volvieron a ser ocupados.

Uno de esos desalojos fue en enero de 2017. En cinco días de enfrentamientos entre el Esmad y habitantes, más de 40 personas resultaron heridas y 175 familias fueron desalojadas. Muchas se llevaron los trasteos y los pocos materiales que salvaron de sus casas a otros sectores del barrio.

Una de ellas fue Rosita Ramírez. Es madre soltera y desde hace once años vive con sus tres hijas en Nueva Jerusalén. Su historia incluye un desplazamiento intraurbano desde el barrio Santo Domingo, su trabajo como empleada doméstica y el recuerdo del contexto violento en el que creció en la Nororiental en los 90:

“Ese desalojo fue una pelotera muy horrible. A mí fue una de las últimas que me tumbaron la casa que había construido con tanto esfuerzo y que alcancé a disfrutar con mis hijas como cinco años. Meses antes hicieron un censo y hacían firmar prometiendo ayudas y brigadas de salud, pero lo que firmaba uno era la orden de evacuación».

La comunidad tiene otras heridas, quizás, menos expuestas. Líderes como Jhon Dayro y otros vecinos coinciden en la necesidad de infraestructura educativa y de salud, y en que las alcaldías de Bello y Medellín asuman responsabilidades en problemas cotidianos como la violencia intrafamiliar, los consumos problemáticos de sustancias y la falta de infraestructura de servicios públicos.

EPM instaló en 2022 energía prepago en gran parte de los 18 sectores del barrio. El acueducto, alcantarillado y el alumbrado público siguen siendo un reclamo de la comunidad de la Nueva Jerusalén.

Otra herida la comparte con buena parte de los barrios del Valle de Aburrá: la influencia de “los muchachos” sobre la vida de la gente. La Defensoría del Pueblo emitió en 2019 la alerta temprana 036-19 con riesgos y vulneraciones a los derechos humanos en Bello y documenta que para ese entonces en la Nueva Jerusalén había un control hegemónico de “la Oficina del Doce”:

“Este actor armado se lucró durante una década de la venta ilegal de aproximadamente 2.000 lotes, cuyos precios, en un principio, oscilaban entre los dos y cinco millones de pesos, pero según su ubicación y extensión sus réditos económicos podrían ser mayores”.

Ese control territorial de un grupo armado del que habla la Defensoría, y la incapacidad de la Alcaldía de Bello, también quedó en evidencia en una sesión del Concejo en octubre de 2021. Allí, la secretaria de Seguridad de ese entonces, Daniela Ortega, “pidió ayuda” a la comunidad para frenar la expansión de la Nueva Jerusalén:

“Para nadie es un secreto que estructuras delincuenciales venden lotes y también cobran su extorsión. A la comunidad el llamado es a que intentemos frenar esa expansión desaforada. Tenemos claro que ya son muchas las familias asentadas y que tienen su núcleo familiar constituido, pero entre todos debemos frenar la expansión porque si no nunca va a tener fin la problemática”. 

Pero la vida real en el barrio supera por mucho los deseos de los funcionarios que hablan desde la distancia. La gente sigue llegando para robarle un espacio a la montaña que “los muchachos” reparten y cobran como si fueran sus dueños. 

De eso se habla poco. Es un tema que no se toca, tal vez por miedo, tal vez por costumbre. Tal vez, también, porque hay necesidades más urgentes: en la Nueva Jerusalén mucha gente tiene hambre. 

Luis Guisao, un voluntario que participa de actividades pastorales, la vio de frente hace algunos meses cuando jugaba con un grupo de niños del barrio:

“En cuestión de un par de horas un niño de unos diez años me pidió permiso varias veces para ir al baño. Me llamó la atención que fuera tantas veces en tan poco tiempo y en una de esas lo vi masticando algo. Cuando le pregunté me mostró las manos y la boca: estaba comiendo bolitas de papel higiénico”.

La vida comunitaria y la lucha por el tejido social

El padre Leonardo Bernal es sacerdote católico y llegó a la Nueva Jerusalén hace tres años. Los misioneros monfortianos, la comunidad religiosa a la que pertenece, escogieron hace más de una década este lugar para desarrollar su trabajo pastoral.

Hoy, junto al sacerdote Gonzalo Tabares, se divide las responsabilidades en las cuatro capillas del barrio. Además de las actividades religiosas, la obra de los monfortianos en la Nueva Jerusalén incluye un ropero y un comedor comunitarios en el que hasta 50 adultos mayores pueden almorzar tres veces a la semana; y un espacio en obra que hará las veces de aula múltiple para que niños y jóvenes del barrio crezcan en espacios seguros. Además, el proyecto de construir un templo para el que hacen bingos y bazares.

La lucha en la Nueva Jerusalén para que el barrio sea formalizado ajusta más de diez años. John Dayro la conoce bien: suele ser un tema de conversación con políticos que los visitan y hacen promesas de llevar agua potable y suplir otras necesidades como pavimentar la única vía carreteable. En medio hay un nudo de trámites administrativos en las alcaldías que los habitantes aún no terminan de entender.

“Cuando hay una campaña política sí somos vecinos y hacen visitas y brigadas con mucha gente, pero al otro día ganen o pierdan no se acuerdan dónde queda la Nueva Jerusalén”, resume.

En la Nueva Jerusalén aún es común el uso de animales para cargar elementos de construcción y víveres hasta la parte más alta del barrio.

En 2013, el Tribunal Administrativo de Antioquia falló una acción popular de segunda instancia e instó a las alcaldías de Bello y Medellín a “realizar acciones conjuntas en favor de los habitantes del barrio como estudios del suelo, planes de monitoreo de gestión del riesgo, adecuación y prestación de los servicios públicos domiciliarios, campañas de educación sanitaria…”. Además de planes de reubicación concertados para familias en zonas de alto riesgo. 

Poco de esto se ha cumplido. El avance fue la llegada en 2022 de EPM con el servicio de energía prepago. Todavía quedan pendientes grandes: agua potable, alcantarillado, alumbrado público y la recolección de basuras.

Lo dicen sus habitantes con algo de frustración, medio en broma y medio en serio, mientras suenan picos y palas, y cacarean gallos destemplados: algo de perturbado debe tener un barrio que se formó, que sigue creciendo sin control del Estado, entre predios del Hospital Mental y el cauce de La Loca.

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