En una loma de la parte alta de El Poblado está el colegio campestre donde Abelardo De la Espriella sacó el mayor porcentaje de votos en Medellín en la primera vuelta presidencial. Visitamos ese puesto de votación durante la jornada del 21 de junio.
Es domingo, son las siete y cincuentaypico de la mañana y la loma de Los Balsos, en El Poblado, parece un premio de montaña al que solo se aventuran camionetas de lujo. Subí en un Uber, un Chevolet Onix, que casi termina pidiendo agua. Abajo quedaron el colegio La Enseñanza y el centro comercial Santafé; también el mall Complex, la sede de ISA y el colegio La Colina. Una discusión entre los conductores de dos toyotas, una Lexus y una 4Runner, rompió la solemnidad de la fila. Un policía que estaba en la puerta se percató del altercado y se acercó a uno de ellos:
—Caballero, ¿qué función cumple?
— Escolta.
— Acomódese bien, por favor, que no quiero llamar al tránsito.
— Si quiere llámelo.
— Ehhh, qué le pasa a la gente hoy que llegó con ganas de pelear. Qué habrán desayunado…
Las dos camionetas arrancan en direcciones opuestas y el alegato se diluye. Un timbre de recreo de escuela anuncia la apertura del puesto de votación del Colegio Campestre Manzanares, el lugar de la ciudad donde el candidato Abelardo De la Espriella sacó el mayor porcentaje de votos en primera vuelta (80,7 %) en Medellín.
Son las ocho en punto y hay una fila de entre 30 y 40 personas. A juzgar por las camisetas, parece más la entrada a un partido de la selección Colombia que a una elección presidencial. Bienvenidos al puesto de votación más abelardista de abelardolandia.

*Deisy, una mujer de unos 40 años, fue una de las primeras en votar allí. Cuenta que llegó en transporte público y madrugó porque viene de lejos, desde Acevedo, en la zona nororiental de Medellín. Hoy no trabaja, pero vino a cumplirle a la democracia.
—¿Y por qué votás tan lejos de donde vivís?—, le pregunto cuando calculo a qué horas tuvo que haber salido de su casa.
—Ahh, porque la patrona fue la que me cambió la cédula para acá, que es cerca de su casa.
Deisy espera a una señora, intuyo que a “su patrona”, y se va con ella en medio de las camionetas que parquean dentro y fuera del colegio: teslas, audis, cupras, Mercedes-Benz, pero sobre todo toyotas blancas de todos los modelos: Hilux, Rav4, Land Cruiser, 4Runner…
—Guarda el celular que después te anulan el voto y no podemos perder ninguno—, me dice una señora mayor, vestida de blanco, que hace fila para votar en la mesa 1. Nunca me preguntó por quién votaría ni qué hacía ahí, pero asumió lo obvio, lo que después demostraron los datos: que nueve de cada 10 votos en segunda vuelta en este lugar fueron para Abelardo De la Espriella.
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El espacio que alberga las cuatro mesas de votación del lugar, donde 1.078 personas están habilitadas para votar, es una placa polideportiva a la que acompaña de cerca una virgen adornada con flores coloridas y artificiales. Recorro el puesto de votación más abelardista de Medellín en pocos minutos y busco rarezas en la gente y en las paredes: algún felino pintado, un mensaje subliminal, alguien que apriete el puño y grite por uno u otro candidato. Algo que permita usar el verbo constreñir.
—Abracen los prejuicios, pero con inteligencia— había dicho Juan David Ortiz, uno de los integrantes de El Armadillo, cuando planeamos esta reportería. Busco sombreros y carrieles, animal print, mocasines sin medias, pero nada.
Pero hay sutilezas.
Como la pareja uniformada con la camiseta amarilla de Colombia que sube, agarrada de la mano, el repechito que separa la entrada del colegio de las mesas de votación. Él silba una canción vallenata de Diomedes Díaz que es fácil de adivinar:
“Tú lo que quiere’ es que te coma el tigre, que te coma el tigre…”
Cuando bajan después de votar él ya no silba y ahora es ella la que habla:
—¿Vamos por un cafecito a Pergamino?
O un joven que aparece pasadas las 9:00 con traje formal azul, corbata, y la barba bien cuidada. Se llama Camilo Negrete, tiene 23 años, y salió directo de la iglesia para el puesto de votación: “Voté por Abelardo con la ilusión de que cambie el futuro del país para una economía más libre, que aproveche los recursos de la nación y que permita las libertades y se conserve la democracia del país”.
Siguen llegando camionetas y personas vestidas de amarillo. Una de tantas camisetas de la Selección está marcada con un apellido fácil de recordar, pero lejos del mundo del fútbol: Arnau. Es Lucas, el cantante:
—Hoy estamos votando por la libertad, por la democracia, por tener un país libre para todos, próspero… por Abelardo, obviamente. Las emociones son muchas, pero estamos todos con miedo de que sea la última vez que podamos votar (…) Abelardo es un tipo que ha hecho una campaña impecable, muy bonita.
Liliana Fernández es cirujana plástica y una de las lideresas del grupo de médicos por De la Espriella en Antioquia. Vota en este puesto por lo tranquilo que es y las pocas filas, pero además esta vez es testigo electoral: “Odio la política, pero se la he metido toda a esta campaña porque tenemos un país hermoso que no se puede destruir. Visité empresas y fue mucha la gente que logré convencer y por eso hoy estoy aquí ayudando, pero en este puesto no pasa nada”. Dice también que sabe que su candidato no es perfecto, pero que le encanta que la fórmula vicepresidencial sea José Manuel Restrepo.
—Este puesto tiene una particularidad y es que en primera vuelta fue en el que mayor porcentaje sacó Abelardo—, le digo.
—Aquí no vas a encontrar a nadie de izquierda. Es que uno identifica de una qué tipo de gente es y mira cómo se viste la gente que viene aquí (…) La vez pasada esto era una fila impresionante hasta mediodía. No sabemos si se fueron pa’l Mundial o si muchos entendieron que no valía la pena madrugar tanto.
El reporte de la Registraduría indica que en las primeras dos horas, entre las 8:00 y las 10:00 de la mañana, en el puesto de votación más abelardista de abelardolandia ya habían votado 357 personas, que equivale al 33 % de participación. Al final de la jornada la participación de este puesto subió al 86 %, muy por encima del promedio del país, récord en esta elección, que fue del 63 %.

Pienso en la bajeza del comentario del vestuario y en los prejuicios poco inteligentes. En las inmediaciones del Colegio Campestre Manzanares no hay vendedores ambulantes, ni tiendas, ni minimercados. Los vecinos son un club de pádel, una clínica veterinaria 24 horas y una urbanización con nombre de casino de Las Vegas: Bellagio. No hay vallas, ni pendones, ni afiches de Abelardo. Menos de Cepeda. El único grafiti que veo cerca está en inglés: negativity brings failure you know (La negatividad trae el fracaso, ¿sabes?). Dios bendiga el Google translate.
—Buenos días, ¿sabe dónde puedo comprar una botella de agua?—, le pregunto a una policía.
—Por aquí, difícil, porque esto es un colegio privado y las señoras de la cafetería hoy no vienen. Le toca en el centro comercial.
***
La tarde en el Colegio Campestre Manzanares transcurre con pocos sobresaltos. A las 2:30 la Registraduría reporta que en ese puesto 860 de las 1.078 personas habilitadas para votar ya lo hicieron, es decir el 80 %, y todavía falta una hora y media para el cierre de urnas.

Pienso en los arquetipos del votante de uno y otro candidato. Reviso los apuntes de la jornada y ya son doce personas entrevistadas: varios jóvenes, parejas con la camiseta de la selección o que decían made in Colombia, personas mayores sin distintivos que permitan inferir su decisión, algunos que desde mis prejuicios parecían clase trabajadora. Un rasta que llegó con una niña chiquita que parecía ser su hija. Todos fueron amables, pero ninguno me cantó su voto por Iván Cepeda.
A las 3:05 de la tarde llega un hombre joven que carga un casco en la mano y viste un overol como de empresa de vigilancia. Se llama Juan José Hoyos, tiene 21 años y es votante primerizo. “Me movieron la esperanza y el miedo, pero más la esperanza por un cambio, por los empresarios, por las clases baja, media y alta, y porque un voto puede hacer la diferencia”.
—¿Por qué votás por aquí? ¿Vivís cerca?
—Estoy viviendo en un pueblo a dos horas y media y acabo de llegar, por eso tengo todavía el traje de la moto. Vine solo a esto, mañana madrugo y me regreso.
—¿Qué pensás si te digo que este es el puesto de votación más abelardista de todo Medellín?
—Me hace sentir orgulloso de la ciudad que me vio crecer y de que la mayoría de paisas apoyen al mismo candidato que yo.
Los últimos diez minutos con las urnas abiertas no entra nadie más al puesto de votación. No hay gente corriendo ni caos ni escándalo. La funcionaria de la Registraduría despega los avisos informativos y los cuatro policías que acompañan ese puesto organizan lo poco que hay que organizar para empezar el preconteo. Son las cuatro en punto y el timbre del recreo vuelve a sonar, la reja se cierra y empieza el final de la jornada.
Mesa 1 – 334 votos (94 % de participación)
- 315 Abelardo (94 %)
- 14 Cepeda (4 %)
- 5 blanco (2 %)
Mesa 2 – 306 votos (86 % de participación)
- 289 Abelardo (94 %)
- 14 Cepeda (4,5 %)
- 2 en blanco (0,6 %)
- 1 nulo (0,3 %)
Mesa 3 – 277 votos (78 % de participación)
- 243 Abelardo (87 %)
- 28 Cepeda (10 %)
- 4 en blanco (1, 4 %)
- 2 nulos (0,7 %)
Mesa 4 – 11 votos (65 % de participación)
- 10 Abelardo (90.9 %)
- 1 en blanco (9 %)
En el puesto más abelardista de todo abelardolandia, este domingo el ahora presidente electo candidato sacó 857 de los 928 votos totales, es decir el 92 %. Iván Cepeda, 56 votos que son el 6 %. Solo hubo dos testigos y ambos del movimiento “Firmes por la patria”. Durante el resto del día, los pitos, el “fuera Petro” y las toyotas blancas recorrerán en caravanas esa y otras lomas de El Poblado, como si Colombia hubiera ganado su primer mundial.




