Clan: un sustantivo con juicio moral

Como si hubiese dos bandos opuestos en la forma de hacer política, la palabra “clan” es utilizada por los medios de comunicación para referirse, generalmente, a las familias de la Costa Caribe que han estado en el poder. En cambio, esa palabra no es usual cuando se refieren a grupos políticos con prácticas similares en otras regiones del país.


La palabra clan se usó originalmente en Escocia antes del siglo XVII para nombrar y distinguir a las grandes familias lideradas por un patriarca, dueñas de castillos y grandes extensiones de tierra, que se enfrentaban con clanes enemigos por recursos y poder.


Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, es un grupo predominantemente familiar, exclusivo y con fuertes vínculos. En Colombia, esa palabra es usada en los medios de comunicación para nombrar a grupos armados ilegales como el Clan del Golfo y para referirse a algunas familias políticas que han concentrado poder y que tienen la capacidad de transferir su influencia, como pasa con el clan Char en Barranquilla.

Desde mucho antes de las elecciones regionales del 29 de octubre de 2023, ya se leían titulares y notas periodísticas que se referían a la guerra entre clanes políticos por el poder en el Caribe. Sin embargo, 10 días antes de esas elecciones una discusión en Twitter problematizó el uso de esa expresión: Daniela Mercado, abogada y usuaria de esa red, expuso un contraste en la forma de nombra a esas agrupaciones de acuerdo con su origen regional.

Las transformaciones en el significado de clan

Para Juan Carlos Arenas, director del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia, la palabra clan es utilizada como un juicio moral y de denuncia, al entenderse como mafias o, en todo caso, actores que hacen un uso inadecuado del poder. “Cuando eso tiene un tono moral, empieza a crear una sombra que dificulta mucho identificar cuál es el mecanismo con el que funciona la política”, afirma. 

Sandra Turbay, antropóloga, doctora en Ciencias Sociales y profesora jubilada de la UdeA, explica que un clan es un grupo de personas que dice descender de un antepasado común. Sin embargo, ese ancestro puede ser mítico o imposible de rastrear genealógicamente. 

“Por ejemplo, podemos decir que descendemos del halcón, que es un personaje mítico. Y ahí definimos nuestros símbolos y emblemas, y nos distinguimos por alguna cosa en el vestido, en la mochila o en la manera de hacer las casas”, explica Turbay. 

Los indígenas wayuu son un buen ejemplo de cómo se conforman e interactúan los clanes. Su estructura matrilineal explica que los hijos de las mujeres pertenezcan al clan, pero no pase igual con los hijos de los hombres. Además, la máxima autoridad recae sobre el tío materno. Los wayuu tienen aproximadamente 30 clanes, que tienen un territorio originario y un animal que simboliza su ancestro común.

En Escocia los clanes se distinguían por los colores de los cuadros de sus faldas. En cada clan había un líder y élites guerreras. “Esas élites cobraban tributos por las transacciones de ganado para vender. Se organizaban para la guerra y se enfrentaban a otros clanes”, comenta Sandra Turbay.

Ese término se extendió para referirse a las mafias y los carteles de la droga. Por ejemplo, el clan Cifuentes Villa, una familia de narcotraficantes que trabajó con el mexicano Joaquín “el Chapo” Guzmán. En Colombia, Clan Úsuga y Clan del Golfo son dos de los nombres que las autoridades han dado a las Autodefensas Gaitanistas de Colombia. El apellido Úsuga se debe a dos de sus líderes: Juan de Dios, alias Giovanni (asesinado en 2012), y Dairo Antonio, alias Otoniel, extraditado a Estados Unidos en 2022. 

Sin embargo, esa extensión del término escaló a la política electoral. Basta una búsqueda rápida en Google para que aparezcan titulares como: “Entre maquinarías y chequeras: así es cómo los clanes se disputan el poder regional” de El Colombiano, “Elecciones regionales en Colombia: clanes políticos, seguridad y presuntas irregularidades”, de France 24, o “La democracia manipulada por clanes y corruptos” de Razón Pública

Con vínculos directos o no, ¿se justifica el término?

Según Juan Carlos Arenas, “quienes han empezado a recibir la etiqueta de clan son políticos emergentes”. Él explica que, luego de mediados de los 80, cuando surgieron otros partidos políticos diferentes al Liberal y el Conservador, se creó una línea difusa entre lo que era considerado como política tradicional. Es decir que hoy se nombra a un político como tradicional no por su partido, sino que “se refiere más a un tipo de prácticas, a un tipo de comportamiento y a una forma de relacionarse con la ciudadanía, de buscar los apoyos políticos”, agrega. 

Esos políticos tradicionales, según Juan Carlos, son aquellos a los que no les basta con tener un red de apoyos políticos barriales o comunales, sino que, por la extensión y amplitud de los territorios donde tienen a sus electores, necesitan proyectarse de otras maneras, como en los medios de comunicación masivos y las redes sociales. Les resulta necesario hacerse visibles más allá de la gente con la que interactúan directamente. 

En cambio, en otros lugares con menos población quien se lanza como candidato a una alcaldía es seguramente una persona reconocida por la mayoría de los ciudadanos. En ese sentido, “le toca hacer un trabajo mucho más orientado a reforzar ese reconocimiento o incluso a mejorar los vínculos que pueda tener con la gente”, explica Arenas. 

Veamos el caso de los Santos: como lo explica en una nota El Espectador (que los llama dinastía), su influencia política es anterior a la Constitución Política de 1886. El primer Santos que llegó a ser presidente de Colombia fue Eduardo entre 1938 y 1942. Luego, Francisco Santos, sobrino-nieto de Eduardo, fue vicepresidente del 2002 al 2010. Después, su primo Juan Manuel, hijo de Enrique Santos, uno de los directores y dueños de El Tiempo, fue presidente entre 2012 y 2018. Aunque el vínculo familiar y la herencia del poder es evidente, los medios de comunicación no se refieren a los Santos como un clan. 

En Barranquilla, por el contrario, está la familia Char, dueña de la cadena de almacenes Olímpica, de las emisoras del mismo nombre y del Junior de Barranquilla, entre otras compañías. Su relación con la política empezó con Fuad Char, quien en 1984 asumió la gobernación del Atlántico. Luego pasó a ser secretario del Ministerio de Desarrollo en la presidencia de Virgilio Barco. Y en 1991 fue elegido senador por el Partido Liberal, hasta 2006, cuando le heredó su curul a Arturo Char, uno de sus tres hijos. 

Arturo, a su vez, fue presidente del Senado en 2020 y fue capturado por compra de votos en septiembre de 2023. Mientras tanto, Alejandro, segundo hijo de Fuad Char, ha sido gobernador del Atlántico, dos veces alcalde de Barranquilla y asumirá su tercer periodo en 2024.

En Antioquia, la familia Gaviria Correa, además de ser dueña de empresas mineras y bananeras, ha ocupado tres veces la Gobernación, estuvo en la Alcaldía de Medellín y el Congreso. Y aunque también ha estado bajo la sombra del paramilitarismo —con las detenciones y acusaciones contra el padre, Guillermo Gaviria (fallecido en 2014); y el asesor Juan Esteban Álvarez; además de la sentencia que le ordenó a la empresa familiar Agropecuaria Carmen de Bolívar restituir predios despojados a campesinos— en medios solo se habla de la cabeza más visible, Aníbal Gaviria

Uno de los pocos grupos familiares que ha sido catalogado como clan en Antioquia es el de los Suárez Mira, que controlaron el poder en Bello durante décadas hasta la condena de varios de ellos por enriquecimiento ilícito y falsedad en documento privado.

El contraste en esos casos expone, entonces, que la denominación de clan recoge en una palabra la carga moral sobre agrupaciones políticas a las que se atribuye una connotación negativa por prácticas clientelistas o corruptas. Eso significa, al mismo tiempo, que su uso en los medios, más que informar propone una valoración velada que supone una división entre políticos “buenos” y políticos “malos”. 

El Armadillo
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