Los mil y un partos de Picacho con Futuro

La corporación, que ajusta 35 años de trabajo en la parte alta del noroccidente de Medellín, ayudó a construir cientos de casas, calmó hambrunas a punta de sancochos y trajo color al barrio en tiempos de violencias y pandemias. Radiografía de una organización comunitaria que estuvo a punto de quedarse sin sede por una tensión con la Alcaldía de Medellín.


La memoria fotográfica de los primeros años de la corporación Picacho con Futuro es la de un barrio que siempre estaba en obra. Las fotos muestran a adultos pegando adobes, jóvenes cargando baldes y transportando carretas por las calles empinadas, niños que posan junto a unas escaleras incipientes y familias enteras cocinando en hornos de leña. El mito de Sísifo versión montañera.

Imágenes históricas de la zona noroccidental de Medellín en lo que ahora es el barrio El Progreso N°2. FOTO CORTESÍA

La memoria testimonial cuenta que nació en 1987 impulsada por la Fundación Social. También por un comité de parteras y por lo que luego sería la Junta de Acción Comunal que empezó a concebir allí un barrio que todavía no era barrio y que tejió una red comunitaria que cumplía buena parte de las labores propias del Estado.

“Picacho con Futuro nace del instinto natural de las personas de juntarse. Muchas familias que llegaban al territorio eran desplazadas y en su lucha por tener un espacio propio, entienden que al no ser abrazadas por la ciudad tienen que empezar a buscar lo que es vivir dignamente”, cuenta Adrián Delgado, director de la Corporación.

El territorio del que habla Adrián es un espacio empinado en lo alto de la comuna 6 de Medellín, en límites con Bello y a la sombra del cerro El Picacho. En su momento era el barrio más al norte y más al occidente de esa esquina de la ciudad. Ahora se llama El Progreso N°2 y hasta allí llega el metrocable de la Línea P.

La sede que ocupa desde 1987 nació del trabajo conjunto de los pobladores en un proyecto del Sena que dotó de materiales y de la capacidad técnica a comunidades en diferentes lugares del país para que construyeran centros de integración barrial. Como el terreno era propiedad del Municipio de Medellín, ahí surgió la figura del comodato que se ha renovado varias veces en estos 35 años pero que hace varios meses, y por decisión de la Alcaldía, ha puesto a tambalear la continuidad de iniciativas, proyectos y espacios de encuentro.

En este espacio funciona hoy la sede de Picacho con Futuro y la sede la Junta de Acción Comunal del barrio El Progreso N°2. FOTO: cortesía.

Primero lo urgente, después lo importante

Margot (62 años) llegó de Dabeiba al barrio a finales de los 80 junto a su familia. Era víctima de violencia intrafamiliar aunque no sabía muy bien eso de qué se trataba:

“Yo vivía encerradita porque mi marido no me dejaba salir, pero fui conociendo de la Corporación a través de la señora Edilma (una de las fundadoras). Picacho con Futuro me cambió la vida porque ahora soy la mujer que soy por este espacio. Es mi segundo hogar: aquí aprendí a defender mis derechos como mujer, como mamá. Aquí me siento segura y me gusta escuchar a otras mujeres que han vivido situaciones parecidas a las mías”.

El día que nos contó su historia suspendió por unos minutos la jornada de aseo que le hacía al salón comunal. También habló de valentía y autonomía: “Antes me daba pena hablar en público, mirar a la gente a los ojos y siempre pensaba si era la única en sufrir violencia. Conocí la ciudad gracias a la organización y a lo largo de estos años he participado en varios proyectos con remuneración. Picacho me enseñó a darme cuenta que era capaz sola y aquí sigo”.

Ese trabajo comunitario, que permitió levantar las casas y fortalecer la sede comunal en el contexto violento de la Medellín de los noventa, se complementó luego con la inauguración del colegio y la construcción de la cancha del barrio, hitos en los que también participó Picacho con Futuro. También con la obsesión de la Corporación de que los jóvenes de la zona pudieran tener allí un lugar seguro para crecer y explorar sus intereses vocacionales.

Así llegó a Picacho con Futuro Juan Carlos Tabares. Tenía 14 años y era uno de tantos pelaos que se acercó más por curiosidad que por convicción. Después de participar de los procesos juveniles, fue director en dos periodos (2000-2003 y 2009-2013) y ahora sigue vinculado a la organización con algunos proyectos como la huerta comunitaria.

“Aquí hay familias que han llegado sin nada que comer y algo hemos hecho. Dos y tres generaciones de una misma casa han encontrado acá su proyecto de vida. Esto ha definido el rumbo de muchos de nosotros que aquí encontramos qué queríamos hacer en un territorio que ha estado en disputa por grupos al margen de la ley”.

Tabares recuerda que cuando salió del colegio y no sabía qué hacer le propuso junto a dos amigos al director de entonces, Pedro Pablo Serna, que compraran una miniteca para prestar ese servicio en las fiestas barriales y los eventos comunitarios.

“El director nos paró la caña y arrancamos con eso. Eso nos dio de comer a tres pelaos recién salidos de bachillerato durante varios años. Ahí conocimos medio Medellín pa’ arriba y pa’ abajo, por todas las lomas donde nos llamaban a prestar el servicio. Fue quizás uno de los primeros proyectos productivos de Picacho con Futuro y se volvió una escuela para que muchos pelaos del barrio terminaran trabajando como logísticos en eventos y empresas más grandes”.

Así pasó con las fiestas, pero también con proyectos que hicieron que jóvenes se enamoraran de los libros, de la música, del teatro o de la cocina. Que se decidieran por una profesión o un oficio que les permitiera una vida digna. Muchos de ellos regresan a la corporación a retribuir con formación para las nuevas generaciones.

Los aprendizajes y proyectos de Picacho con Futuro han trascendido los límites del barrio y de la comuna 6 (Doce de Octubre). Los procesos de resistencia comunitaria de organizaciones como Picacho con Futuro nutrieron experiencias como la Consejería Presidencial para Medellín, liderada por María Emma Mejía en los años noventa, y como el programa de presupuesto participativo PP Joven en la década siguiente, una idea que la Corporación conoció en Rosario, Argentina, y trajo a Medellín, y que consiste en un escenario de participación democrática donde jóvenes de la ciudad seleccionan y priorizan proyectos que se ejecutan con dineros públicos.

Café agridulce

Ese constante movimiento y las necesidades cambiantes de un territorio que sigue en construcción, hicieron que en 2021 —para mitigar los estragos de la pandemia— surgiera la idea de adecuar un espacio de la casa como un café para ofrecer algunos productos que permitieran generar recursos para reinvertir en los procesos comunitarios. Un emprendimiento social más de los muchos que han tenido en estos 35 años.

Lo bautizaron Barriomío, lo dotaron con mesas y sillas, lo decoraron con banderines de colores, lo complementaron con un ropero donde los vecinos pueden adquirir a muy bajos precios prendas de vestir en buen estado y lo terminaron con un mural que cuenta la historia del barrio: una mujer cargando un balde grande y un hombre con una pala removiendo material. En Barriomío todavía hay almuerzos y a veces hay hamburguesas los fines de semana. Casi siempre hay café caliente.

Pero la consolidación de este nuevo espacio y la continuidad de la sede de Picacho con Futuro ha estado en riesgo desde hace cinco meses por cuenta de un pleito jurídico —y para varias personas consultadas para este artículo también político—, por cuenta de las tensiones que surgieron en el proceso de renovación del contrato de comodato bajo el que opera ese espacio.

La primera alerta fue en marzo de 2022 cuando la Alcaldía de Medellín, por medio de la Secretaría de Participación Ciudadana, le pidió a Picacho con Futuro cerrar el café y reponer unas zonas verdes que habían sido intervenidas para crear una huerta comunitaria. La administración expresaba que ambas acciones incumplían el contrato de comodato e impedían renovar el convenio porque una de las cláusulas decía textualmente: “Le queda expresamente prohibido al comodatario realizar en el inmueble objeto del contrato cualquier actividad de la cual se genera aprovechamiento económico para este de manera privada y por fuera de la destinación del inmueble”.

La segunda fue a mediados de agosto cuando la Alcaldía les pidió la sede argumentando que el contrato ya no estaba vigente. Las negociaciones para suscribir un nuevo convenio aún estaban distantes.

La tercera fue el 17 de agosto cuando, en un comunicado de prensa, la Alcaldía anunció que “la corporación violó las reglas que tiene el comodato: destinó el inmueble para fines económicos, ha realizado reformas a la infraestructura sin autorización del Distrito, entre otras acciones. La ley nos exige terminar el comodato con ellos por estas razones”. Pero dejó una puerta entreabierta a un posible diálogo. 

El antecedente político que hace más compleja esta relación tiene que ver, además de las posturas críticas de Picacho con Futuro con procesos que lidera la Alcaldía de Medellín, con que la Corporación integra la Veeduría Todos Por Medellín*, una asociación que nació en agosto de 2020 en medio de las renuncias masivas de las juntas directivas de EPM y de Ruta N, y que hace control político al conglomerado público liderado por el alcalde Daniel Quintero.

De la Veeduría Todos Por Medellín hacen parte gremios que han chocado con Quintero como el Comité Intergremial, Proantioquia, y la Andi, pero también otras personas y organizaciones sociales o de base como Corporación Región, la Fundación Confiar y Casa de las Estrategias. Pese a la diversidad de sus integrantes y a que algunos de ellos, como Picacho, se han forjado en la resistencia y la crítica a la institucionalidad, el alcalde y su equipo han acusado a esa veeduría de liderar la revocatoria en su contra o de ser contradictores políticos cercanos al uribismo o al fajardismo.

Pese a estas tensiones y en medio de expresiones de apoyo a la corporación que generó esa alerta, el viernes 19 de agosto se instaló una mesa de conversaciones entre la Alcaldía de Medellín y Picacho con Futuro y el 5 de septiembre el secretario de Participación, Juan Guillermo Berrío, prometió que Picacho con Futuro seguiría en su sede. Hay un acuerdo verbal pero todavía no hay nada firmado.

“Una de las cosas más bonitas que nos ha pasado en estos 35 años, y justo para el aniversario y en medio de la incertidumbre por lo de la sede, son tantas muestras de afecto de personas que pasaron por aquí y a las que uno de los procesos les cambió la vida. Picacho se mantiene firme en que quiere seguir construyendo el territorio con la gente como lo ha hecho desde siempre”, dice Tabares.

Lugar seguro

Parte del encanto de Picacho con Futuro, coinciden Adrián Delgado y Juan Carlos Tabares, dos de las personas que han sido directoras de la organización, es que hasta en los peores momentos de conflicto siempre ha sido un lugar de puertas abiertas. Un lugar seguro cuando las violencias arrecian afuera en las calles o adentro en las familias.

De Picacho con Futuro hacen parte grupos juveniles, la Junta de Acción Comunal, el colectivo audiovisual Panorámica y una asociación de madres comunitarias.

“Nos pasa mucho que algunos papás se inquietan cuando los pelaos empiezan a venir a algún proceso (grupo de teatro, dibujo, música, danza o colectivo audiovisual) y se quedan muchas horas y tienen que venir a buscarlos en la noche. A veces son las nueve o diez de la noche y los pelaos acá gomosos conversando. Se nota que esos espacios, donde pueden ser ellos y no los juzgan, los marcan mucho. Nos encanta que construyan vínculos afectivos y que entiendan que el barrio tiene sentido en la medida en que nos podamos cuidar y construir con el otro desde una relación de igualdad”, cuenta Tabares. 

Stiven Mejía, por ejemplo, ha pasado ocho de los 21 años que tiene como parte de Picacho con Futuro. “Empecé en los procesos juveniles porque me gusta la danza y ahora hago parte del grupo de fotografía que busca contar la cotidianidad y documentar la memoria del barrio. Yo acá me di cuenta del trabajo comunitario y ahora estudio una tecnología en gestión administrativa que espero poder aplicar aquí”, cuenta luego de ayudar a un vecino que llegó a la sede porque tenía que imprimir un archivo para una entrevista de trabajo.

“Aquí he vivido momentos muy bacanos, pero me acuerdo mucho de una comparsa que hicimos en plena pandemia cuando nadie podía salir. Fue como llevar la alegría de este lugar a las casas donde estaban todos encerrados”, dice Stiven.

El proyecto de las huertas comunitarias es uno de los procesos que adelanta la corporación con niños y con colectivos de mujeres. FOTO CORTESÍA

Para Jorge Blandón, director de la corporación cultural Nuestra Gente en la comuna 2, también en el norte pero en la ladera del frente, organizaciones de base cultural comunitaria como Picacho con Futuro, que tejen relaciones con la identidad y la memoria del territorio, se vuelven “reservorios morales, éticos, estéticos y políticos. Son procesos de construcción pedagógicos que tardan años en consolidarse y que tienen como prioridad esa relación cultura-educación. Picacho con Futuro, desde la montaña, lideró toda la formulación del PP Joven. No podemos hablar de la planeación participativa de esta ciudad sin la experiencia vital que aporta Picacho. Hay que abrazarlos y reconocerles procesos como ese”.

Es viernes por la tarde y en un salón de la parte de atrás de la casa un grupo de mujeres baila bullerengue con una profe. La música retumba y la cadencia de la canción las hace mover lento con un aire ceremonioso. Al lado de ellas, en un espacio pequeño adaptado como teatro, reposa la escenografía del grupo juvenil Múcura. Un ataúd blanco espera por los actores que llevan meses ensayando la obra Una boda en un funeral. El ataúd tiene rodachines por si tienen que moverlo. En la noroccidental y en muchas otras zonas de Medellín saben que la función de Picacho con Futuro debe continuar.

*Mateo Isaza trabajó en el equipo de comunicaciones de Todos Por Medellín entre septiembre de 2020 y mayo de 2021. Renunció para dedicarse a El Armadillo.

Mateo Isaza
Mateo Isaza
Aunque parezca más rural, nació en Medellín a finales de los años 80. Hincha del DIM, periodista y volante con gol. En ese orden. Trabajó seis años en la redacción de El Colombiano, ha sido profe de periodismo en UPB, becario de Cosecha Roja y estuvo a préstamo en la Veeduría Todos Por Medellín hasta finales de mayo. Ahora es agente libre y cofundador de El Armadillo. Para contactarlo: mateo@elarmadillo.co

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